lunes, 26 de mayo de 2014

Me voy del país, porque tengo miedo.

Siempre he sido un defensor impetuoso de mi país y de las costumbres que nos caracterizan como colombianos. Soy de una ciudad que queda a 210 km de Bogotá, en pleno centro de Boyacá; soy de Sogamoso, y recuerdo haber discutido millones de veces, porque para mi el gentilicio de mi departamento, no es boyaco, es boyacense. Recuerdo también haberme burlado de las personas que decían que Colombia era un país sin memoria, que la corrupción era nuestro lema y que aquí no había nada que hacer. 

Recuerdo que alguna vez alguien me dijo -Sólo estoy esperando la oportunidad para largarme de aquí- a la cual le contesté -Adelante, aquí nos quedamos los que si queremos hacer algo por el país, y cuando todo esté arreglado, lo llamo y lo invito a que vuelva.

Siempre me he apropiado de los problemas de Colombia como si fueran los problemas de mi casa, he sufrido con las masacres de los municipios más escondidos del país, me he preocupado por las relaciones con los países vecinos, me he afectado por los campesinos que perdieron todo con los eventos climáticos extremos, incluso he llorado por alguna derrota de la selección Colombia.

Hoy, después de las elecciones del domingo, tengo que tragarme todas esa palabras que dije, todo lo que pensaba acerca de mi país, hoy, me trago hasta la esperanza que tenía porque todo fuera diferente, hoy, por primera vez en mi vida digo que me quiero ir, y me voy, porque tengo miedo de ver como mi país se vuelve detrito.


Nicolás Hartmann R